Historia de una madre

Andaba incierto—volaba errante,

Un solo instante—sin descansar....

(Alaejos).

Sisa corría á su casa con ese trastorno en las ideas que se produce en nuestro sér, cuando en medio de una desgracia nos vemos desamparados de todos y huyen de nosotros las esperanzas. Entonces parece que todo se oscurece en torno nuestro, y si vemos alguna lucecita brillar á lo lejos, corremos á ella, la perseguimos; ¡no importa si en medio del sendero se abre un abismo!

La madre quería salvar á sus hijos; ¿cómo? Las madres no preguntan por los medios cuando se trata de sus hijos.

Corría desalada, perseguida por los temores y los siniestros presentimientos. ¿Habrían preso ya á su hijo Basilio? ¿A dónde ha huido su Crispín?

Cerca de su casa distinguió los capacetes de dos soldados por encima del cercado de su huerta. Imposible describir lo que pasó en su corazón: olvidóse de todo. Ella no ignoraba la audacia de aquellos hombres, que no guardaban miramientos aun con los más ricos del pueblo; ¿qué iba á ser ahora de ella y de sus hijos, acusados de hurto? Los guardias civiles no son hombres; sólo son guardias civiles; no oyen súplicas y están acostumbrados á ver lágrimas.

Sisa, instintivamente, levantó los ojos al cielo, y el cielo sonreía con luz inefable: algunas blancas nubecillas nadaban en el transparente azul. Detúvose para reprimir el temblor que se apoderaba de todo su cuerpo.

Los soldados dejaban su casa y venían solos: no habían prendido más que la gallina que Sisa engordaba. Respiró y cobró ánimo.