—¡Parece que los pollos se han escapado! ¡No traéis más que la gallina!—dijo una mujer á los recién llegados: no se ha averiguado si aludía á Sisa ó á la gallina que continuaba piando.

—¡Sí, siempre vale más la gallina que los pollos!—se contestó ella misma cuando vió que los soldados se callaban.

—¿Dónde está el sargento?—preguntó en tono disgustado uno de los guardias civiles.—¿Han dado ya parte al alférez?

Movimientos de hombros que se encogían fueron las contestaciones: nadie se molestaba para averiguar algo acerca de la suerte de la pobre mujer.

Allí pasó ella dos horas en un estado de semimbecilidad, acurrucada en un rincón, oculta la cabeza entre las manos, los cabellos desgreñados y en desorden. A mediodía se enteró el alférez, y lo primero que hizo fué no dar crédito á la acusación del cura.

—¡Bah! ¡cosas del mezquino fraile!—dijo, y ordenó que soltaran á la mujer y que no se ocupase nadie del asunto.

—¡Si quiere recobrar lo perdido,—añadió,—que lo pida á su San Antonio ó que se queje al nuncio! ¡Despejen!

A consecuencia de esto, Sisa fué echada del cuartel, casi á empujones, porque ella no quería moverse.

Al verse en medio de la calle echó á andar maquinalmente hacia su casa, aprisa, con la cabeza descubierta, el cabello desarreglado y la mirada fija en el lejano horizonte. El sol ardía en su zenit y no había una nube que velara su resplandeciente disco; el viento agitaba débilmente las hojas de los árboles, el camino estaba ya casi seco; ni un ave se atrevía á dejar la sombra de las ramas.

Sisa llegó al fin á su casita. Entró en ella, muda, silenciosa; la recorrió, salió, echó á andar en todas direcciones. Corrió después á casa del viejo Tasio, llamó á la puerta, pero el viejo no estaba allí. La infeliz volvió á su casa y empezó á llamar á gritos: ¡Basilio! ¡Crispín! deteniéndose á cada momento y aplicando el oído con atención. El eco repetía su voz; el dulce susurro del agua en el vecino río, la música de las hojas de las cañas eran las únicas voces de la soledad. Volvía á llamar, subía á una altura, bajaba á un barranco, descendía al río; sus ojos erraban con expresión siniestra, se iluminaban de cuando en cuando con vivos resplandores, después se obscurecían, como el cielo en una noche de tormenta: diríase que la luz de la razón chisporroteaba y estaba próxima á apagarse.