Volvió á subir á su casita, sentóse en la estera donde se acostaran la noche anterior, levantó los ojos y vió un jirón de la camisa de Basilio en el extremo de una caña del dinding ó tabique, que cae cerca del precipicio. Levantóse, cogiólo y lo examinó á la luz del sol: el jirón tenía manchas de sangre. Pero Sisa acaso no las viera, pues bajó y continuó examinándolo en medio de los rayos abrasadores, levantándolo á lo alto; y como si sintiese obscurecerse todo y le faltase la claridad, miró al sol frente á frente y con los ojos desmesuradamente abiertos.

Siguió aún vagando de un lado á otro, gritando ó aullando extraños sonidos; habría tenido miedo quien la hubiese oído: su voz tenía un raro timbre como no suele producirlo la laringe humana. Durante la noche, cuando la tempestad brama y el viento vuela con vertiginosa rapidez batiendo con sus invisibles alas un ejército de sombras que le persiguen, si os encontráis en un edificio arruinado y solitario, oís ciertos quejidos, ciertos suspiros que supondréis ser el roce del viento al azotar las altas torres ó derruídos muros, pero que os llenan de terror y hacen que os estremezcáis sin poderlo remediar; pues bien, el acento de aquella madre era aún más lúgubre que esos desconocidos lamentos en las noches obscuras cuando brama la tempestad.

Así la sorprendió la noche. Quizás el cielo le concediera algunas horas de sueño, durante las cuales el ala invisible de un ángel, rozando su pálido semblante, haya borrado su memoria, reducida toda á dolores; quizás tantos sufrimientos no estarían á la medida de la débil resistencia humana, é intervendría entonces la Madre Providencia con su dulce lenitivo, el olvido; sea de ello lo que fuere, es el caso que, al día siguiente, Sisa vagaba sonriendo, cantando ó hablando con todos los seres de la Naturaleza.

XXII

Luces y sombras

Han pasado tres días desde los acontecimientos que hemos narrado. Estos tres días con sus noches ha dedicado el pueblo de San Diego á hacer preparativos de la fiesta y comentarios, murmurando al mismo tiempo.

Mientras se saboreaban los futuros regocijos, unos hablaban mal del gobernadorcillo, otros del teniente mayor, otros de los jóvenes, y no faltaba quien echase la culpa de todo á todos.

Comentaban la llegada de María Clara, acompañada de tía Isabel. Se alegraban de ello porque la querían, y á la vez que admiraban mucho su hermosura, se admiraban también de los cambios que sufría el carácter del padre Salví.—«Se distrae muchas veces durante el santo sacrificio; no habla ya mucho con nosotras y se pone á ojos vistas más delgado y taciturno», decían sus penitentes. El cocinero le veía enflaquecerse por minutos y se quejaba del poco honor que hacía á sus platos. Pero lo que más exaltaba la murmuración de la gente era el hecho de verse en el convento más de dos luces durante la noche mientras el P. Salví está de visita en una casa particular... ¡en casa de María Clara! Las beatas se hacían cruces, pero continuaban murmurando.

Juan Crisóstomo Ibarra había telegrafiado desde la cabecera de la provincia saludando á tía Isabel y á su sobrina, pero sin explicar la causa de su ausencia. Muchos le creían preso por su conducta con el P. Salví en la tarde del día de Todos los Santos. Pero los comentarios subieron de punto, cuando, á la tarde del tercer día, le vieron bajar de un coche delante de la casita de su futura y saludar cortésmente al religioso que también se dirigía á ella.