De Sisa y de sus hijos nadie se ocupaba.
Si ahora vamos á la casa de María Clara, un hermoso nido entre naranjos é ilang ilang, alcanzaremos aún á los dos jóvenes, asomados á una ventana que da vistas al lago. Sombreábanla flores y enredaderas, que trepaban en cañas y alambres esparciendo un ligero perfume.
Sus labios murmuran palabras, más suaves que el susurro de las hojas y más perfumadas que el aire impregnado de aromas, que vaga por el jardín. Era la hora en que las sirenas del lago, aprovechándose de las sombras del rápido crepúsculo de la tarde, asomaban por encima de las olas sus alegres cabecitas para admirar y saludar con sus cantos al sol moribundo. Dicen que sus ojos y cabellos son azules, que van coronadas de plantas acuáticas con flores blancas y rojas; dicen que de cuando en cuando descubre la blanca espuma sus esculturales formas, más blancas aún que la espuma misma, y que al descender completamente la noche empiezan ellas sus divinos juegos y dejan oir acordes misteriosos como de arpas eólicas; dicen también... pero volvamos á nuestros jóvenes y oigamos el final de su conversación. Ibarra decía á María Clara.
—Mañana, antes de que raye el alba, se cumplirá tu deseo. Esta noche lo dispondré todo para que nada falte.
—Entonces escribiré á mis amigas, para que vengan. ¡Haz de modo que no pueda seguir el cura!
—Y ¿por qué?
—Porque parece que me vigila. Me hacen daño sus ojos hundidos y sombríos; cuando los fija en mí, me dan miedo. Cuando me dirige la palabra, tiene una voz... me habla de cosas tan raras, incomprensibles, tan extrañas... me preguntó una vez si no había soñado en cartas de mi madre; creo que está medio loco. Mi amiga Sinang y Andeng, mi hermana de leche, dicen que está algo tocado porque no come ni se baña y vive á obscuras. ¡Haz que no venga!
—No podemos menos de no invitarle,—contesta Ibarra pensativo.—Las costumbres del país lo requieren; está en tu casa y además se ha portado conmigo con nobleza. Cuando el alcalde le consultó sobre el negocio que te he hablado, sólo ha tenido alabanzas para mí y no ha pretendido poner el más pequeño obstáculo. Pero veo que te pones seria; descuida, que no nos podrá acompañar en la banca.
Oyéronse ligeros pasos: era el cura que se acercaba con una forzada sonrisa en los labios.
—¡El viento es frío!—dijo;—cuando se coge un catarro no se le suelta hasta que venga el calor. ¿No temen ustedes resfriarse?