Su voz era temblorosa y sus miradas se dirigían al lejano horizonte; no miraba á los jóvenes.

—¡Por el contrario la noche nos parece agradable y el viento delicioso!—contestó Ibarra.—En estos meses tenemos nuestro otoño y nuestra primavera; caen algunas hojas, pero brotan siempre flores.

El fraile suspiró.

—Hallo muy hermoso el consorcio de estas dos estaciones sin que intervenga el frío invierno,—continuó Ibarra.—En Febrero brotarán las yemas en las ramas de los árboles frutales, y en Marzo tendremos ya las frutas maduras. Cuando vengan los meses de calor nos iremos á otra parte.

Fray Salví se sonrió. Empezaron á hablar de cosas indiferentes, del tiempo, del pueblo, de la fiesta; María Clara buscó un pretexto y se alejó.

—Y pues que hablamos de fiestas, permítame usted que le invite á la que celebraremos mañana. Es una fiesta campestre que mutuamente nos damos nuestros amigos y nosotros.

—Y ¿en donde se hará?

—Las jóvenes la desean en el arroyo que corre en el vecino bosque, cerca del balitî: por eso nos levantaremos temprano para que no nos alcance el sol.

El religioso reflexionó; un momento después, contestó:

—La invitación es muy tentadora y acepto para probarle que ya no le guardo rencor. Pero tendré que ir más tarde después que haya cumplido con mis obligaciones. ¡Feliz usted que está libre, enteramente libre!