Minutos después, Ibarra se despedía para cuidar de la fiesta del día siguiente.—Era ya noche oscura.
En la calle se le acercó uno que le saludó reverentemente.
—¿Quién sois?—preguntóle Ibarra.
—No conocéis, señor, mi nombre,—contestó el desconocido.—Os he estado esperando dos días.
—Y ¿por qué?
—¡Porque en ninguna parte se han apiadado de mí, porque dicen que soy un bandido, señor! ¡Pero he perdido mis hijos, mi mujer está loca y todos dicen que merezco mi suerte!
Ibarra examinó rápidamente al hombre y preguntó:
—¿Qué queréis ahora?
—¡Implorar vuestra piedad para mi mujer y mis hijos!
—No puedo detenerme,—contestó Ibarra.—Si queréis seguirme, caminando me podréis contar lo que os ha sucedido.