El hombre dió las gracias, y pronto desaparecieron en las tinieblas de las mal alumbradas calles.

XXIII

La pesca

Todavía brillaban las estrellas en la bóveda de zafiro, y las aves dormitaban aún en las ramas, cuando una alegre comitiva recorría ya las calles del pueblo dirigiéndose al lago, á la alegre luz de las antorchas de brea, que llaman comunmente huepes.

Eran cinco jovencitas, que marchaban aprisa, cogidas de las manos ó de la cintura, seguidas de algunas ancianas y de varias criadas, que llevaban graciosamente sobre sus cabezas cestos llenos de provisiones, platos, etc. Al ver los semblantes en que ríe la juventud y brillan las esperanzas, al contemplar como flota al viento la abundante y negra cabellera y los anchos pliegues de sus vestidos, las tomaríamos por divinidades de la noche huyendo del día, si no supiésemos que son María Clara con sus cuatro amigas: la alegre Sinang, su prima la severa Victoria, la hermosa Iday y la pensativa Neneng, de belleza modesta y temerosa.

Conversaban animadamente, reían, se pellizcaban, se hablaban al oído y después prorrumpían en carcajadas.

—¡Vais á despertar á la gente que aún está durmiendo!—les reprendía la tía Isabel;—cuando éramos jóvenes no alborotábamos tanto.

—¡Tampoco madrugarían ustedes como nosotras, ni serían los viejos tan dormilones!—contestaba la pequeña Sinang.

Callábanse un momento, procuraban bajar la voz, pero pronto se olvidaban, reían y llenaban la calle con sus juveniles y frescos acentos.