—¡Hazte la resentida; no le hables!—decía Sinang á María Clara:—¡ríñele para que no se acostumbre mal!

—No seas tan exigente,—decía Iday.

—¡Sé exigente, no seas tonta! ¡El novio debe obedecer mientras es novio, que después cuando es marido hace lo que le da la gana!—aconsejaba la pequeña Sinang.

—¿Qué entiendes tú de eso, niña?—le corregía su prima Victoria.

—¡Pst, silencio, que vienen!

En efecto, venía un grupo de jóvenes alumbrándose con grandes antorchas de caña. Marchaban bastante serios al són de una guitarra.

—¡Parece guitarra de mendigo!—dijo Sinang riendo.

Cuando los dos grupos se encontraron, eran las mujeres las que guardaban un continente serio y formal como si aún no hubiesen aprendido á reir; por el contrario, los hombres hablaban, saludaban, sonreían y hacían seis preguntas para obtener media contestación.

—¿Está el lago tranquilo? ¿Creéis que vamos á tener buen tiempo?—preguntaban las madres.

—No os inquietéis, señoras; yo sé nadar bien,—contestaba un joven flaco, alto y delgado.