—¡Debíamos antes haber oído misa!—suspiraba tía Isabel juntando las manos.

—Aún es tiempo, señora; Albino, que ha sido seminarista, la puede decir en la banca,—contestó otro señalando al joven flaco y alto.

Este, que tenía una fisonomía de socarrón, al oir que le aludían, adoptó un ademán compungido, caricaturizando al padre Salví.

Ibarra, sin perder su seriedad, tomaba también parte en la alegría de sus compañeros.

Al llegar á la playa, escapáronse involuntariamente de los labios de las mujeres exclamaciones de asombro y alegría. Veían dos grandes bancas, unidas entre sí, pintorescamente adornadas con guirnaldas de flores y hojas, con telas abollonadas de varios colores: farolitos de papel colgaban de la improvisada cubierta alternando entre rosas y claveles, frutas, como piñas, kasuy, plátanos, guayabas y lanzones[1], etc. Ibarra había traído sus alfombras, tapices y cojines, y formado con ellos cómodos asientos para las mujeres. Los tikines[2] y los remos tenían también sus adornos. En la banca mejor adornada había un arpa, guitarras, acordeones y un cuerno de carabao; en la otra ardía el fuego en kalanes[3] de barro; preparábase té, café y salabat[4] para el desayuno.

—¡Aquí las mujeres, allí los hombres!—decían las madres al embarcarse.—¡Estaos quietas! No moverse mucho que vamos á naufragar.

—¡Hacer antes la señal de la cruz!—decía tía Isabel persignándose.

—Y ¿estaremos aquí tan solas?—preguntaba Sinang haciendo un mohín;—¿nosotras solamente?... ¡aray!

Este ¡aray! lo causaba un pellizco que á tiempo le propinó su madre.

Las bancas se iban alejando lentamente de la playa reflejando la luz de los faroles en el espejo del lago, completamente tranquilo. En el Oriente aparecían las primeras tintas de la aurora.