Reinaba bastante silencio; la juventud, con la separación establecida por las madres, parecía dedicarse á la meditación.

—¡Ten cuidado!—dijo en voz alta Albino, el seminarista, á otro joven;—pisa bien la estopa que hay debajo de tu pie.

—¿Qué es?

—Puede saltar y entrar el agua: esta banca tiene muchos agujeros.

—¡Ay, que nos hundimos!—gritaron las mujeres espantadas.

—¡No tengáis cuidado, señoras!—les afirmó el seminarista.—Esa banca está segura: no tiene más que cinco agujeros y no muy grandes.

—¡Cinco agujeros! ¡Jesús! ¿Es que queréis ahogarnos?—exclamaron las mujeres horrorizadas.

—¡Nada más que cinco, señoras, y así de grandes!—aseguraba el seminarista enseñándoles la pequeña circunferencia formada por sus dedos índice y pulgar.—Pisad bien las estopas para que no salten.

—¡Dios mío! ¡María Santísima! ¡Ya entra agua!—gritó una vieja que sentía mojarse.

Hubo un pequeño tumulto; unas chillaban, otras pensaban saltar al agua.