—¡Pisad bien las estopas, allí!—continuaba Albino, señalando hacia el sitio donde estaban las jóvenes.

—¿Dónde? ¿Dónde? ¡Dios! ¡No lo sabemos! ¡Por piedad, venid que no lo sabemos!—imploraron las temerosas mujeres.

Fué menester que cinco jóvenes pasasen á la otra banca para tranquilizar á las aterradas madres. ¡Casualidad rara! parecía que al lado de cada una de las dalagas había un peligro: las viejas no tenían juntas ni un agujero comprometido. Y ¡más extraño aún! Ibarra estaba sentado al lado de María Clara, Albino al de Victoria, etc. La tranquilidad volvió á reinar en el círculo de las cuidadosas madres, pero no en el de las jóvenes.

Como el agua estaba completamente tranquila, los corrales de pesca no lejos, y era aún muy temprano, se decidió que se dejasen los remos y todo el mundo se desayunase. Apagáronse los faroles, pues la aurora iluminaba ya el espacio.

—¡No hay cosa que pueda compararse con el salabat, tomado por la mañana antes de ir á misa!—decía capitana Ticá, la madre de la alegre Sinang;—tomad salabat con poto[5], Albino, y veréis que hasta os dará ganas de rezar.

—Es lo que hago,—contestó éste:—pienso confesarme.

—¡No!—decía Sinang,—tomad café, que da ideas alegres.

—Ahora mismo, porque me siento un poco triste.

—¡No hagáis eso!—le advertía la tía Isabel;—tomad té con galletas; dicen que el té tranquiliza el pensamiento.

—¡También tomaré té con galletas!—contestaba el complaciente seminarista;—por fortuna ninguna de estas bebidas es el catolicismo.