—Pero ¿podéis?...—pregunta Victoria.
—¿Tomar también chocolate? ¡Ya lo creo! Con tal que el almuerzo no tarde mucho...
La mañana era hermosa: las aguas comenzaban á brillar, y de la luz directa del cielo y de la reflejada por las aguas, resultaba una claridad que iluminaba los objetos, casi sin producir sombras, una claridad brillante y fresca, saturada de colores, que adivinamos en algunas marinas.
Casi todos estaban alegres, aspiraban la ligera brisa que comenzaba á despertarse: hasta las madres, tan llenas de prevenciones y advertencias, reían y bromeaban entre sí.
—¿Te acuerdas?—decía una á capitana Ticá,—te acuerdas de cuando nos bañábamos en el río, cuando aún éramos solteras? Descendían á lo mejor la corriente, en banquitas hechas con corteza de plátano, con frutas de varias clases entre olorosas flores. Cada una llevaba una banderita en donde leíamos nuestros nombres...
—Y ¿cuando volvíamos á casa?—añadía otra sin dejar concluir á la primera;—encontrábamos los puentes de caña destrozados y entonces teníamos que vadear los arroyos... ¡los pícaros!
—¡Sí!—decía capitana Ticá,—pero yo prefería mojar los bordes de mi falda antes que descubrir el pie: sabía que en los matorrales de la orilla había ojos que observaban.
Las jóvenes que oían estas cosas se miraban y sonreían; las demás tenían sus propias conversaciones y no hacían caso.
Sólo un hombre, el que hacía el oficio de piloto, permanecía silencioso y ajeno á toda aquella alegría. Era un joven de formas atléticas y de una fisonomía interesante por sus grandes ojos tristes y el severo dibujo de sus labios. Los cabellos negros, largos y descuidados, caían sobre su robusto cuello; una camisa de tela basta y oscura, dejaba adivinar al través de sus pliegues los poderosos músculos que contribuían con sus nervudos y desnudos brazos á manejar, como una pluma, un ancho y descomunal remo, que le servía de timón para guiar las dos bancas.
María Clara le había sorprendido más de una vez observándola: él entonces volvía rápidamente la vista á otra parte y miraba á lo lejos, al monte, á la orilla. Compadecióse la joven de su soledad y cogiendo unas galletas se las ofreció. El piloto la miró con cierta sorpresa, pero esta mirada sólo duró un segundo; tomó una galleta y dió las gracias brevemente y en voz apenas perceptible.