Y nadie volvió á acordarse más de él. Las alegres risas y las ocurrencias de los jóvenes no contraían ningún músculo de su rostro; no le hacía sonreír la alegre Sinang recibiendo pellizcos, que la obligaban á fruncir las cejas un instante para volver otra vez á su alegría como antes.
Concluído el desayuno, continuaron la excursión hacia los corrales de pesca.
Estos eran dos, colocados á cierta distancia uno del otro: ambos pertenecían á capitán Tiago. Desde lejos veíanse algunas garzas posadas sobre las puntas de las cañas del cercado, en actitud contemplativa, mientras algunas aves blancas, que los tagalos llaman kalauay ó calao volaban en distintas direcciones, rozando con sus alas la superficie del lago y llenando el aire de estridentes graznidos.
María Clara siguió con la vista á las garzas que, al aproximarse las bancas, echáronse á volar en dirección al vecino monte.
—¿Anidan esas aves en el monte?—preguntó la joven al piloto, acaso más que para saberlo para hacerle hablar.
—Probablemente, señora,—contestó;—pero nadie hasta ahora ha visto sus nidos.
—¿No tienen nido esas aves?
—Supongo que deben tenerlos, pues de lo contrario serían muy desgraciadas.
María Clara no notó el acento de la tristeza con que pronunció el piloto estas palabras.
—¿Entonces?...