—Dicen, señora,—contestó el joven,—que los nidos de esas aves son invisibles y poseen la cualidad de hacer invisible al que los tenga en su poder; y, como el alma que sólo se ve en el terso espejo de los ojos, es también en el espejo de las aguas donde únicamente estos nidos se dejan contemplar.
María Clara se puso pensativa.
Entretanto habían llegado al baklad[6]: el viejo banquero ató las embarcaciones á una caña.
—¡Espera!—dijo tía Isabel al hijo del viejo, que se preparaba á subir provisto de su panalok, ó sea la caña con la bolsa de red;—es menester que esté dispuesto el sinigang para que los peces pasen del agua al caldo.
—¡Buena tía Isabel!—exclamó el seminarista;—no quiere que el pez pueda echar de menos ni un momento el agua.
Andeng, la hermana de leche de María Clara, á pesar de su cara limpia y alegre, tenía fama de buena cocinera. Preparó agua de arroz, tomates y camias, ayudándola ó estorbándola algunos, que acaso querían merecer sus simpatías. Las jóvenes limpiaban los cogollos de calabaza, los guisantes, y cortaban los paayab[7] en cortos pedazos, largos como cigarrillos.
Para distraer la impaciencia de los que deseaban ver cómo saldrían los peces de su cárcel, vivitos y coleando, la hermosa Iday cogió el arpa: Iday no solamente tocaba bien este instrumento, sino que tenía además muy hermosos dedos.
La juventud batió las palmas, María Clara le dió un beso; el arpa es el instrumento que más se toca en aquella provincia y era el propio de aquellos momentos.
—¡Canta, Victoria, la canción del matrimonio!—pidieron las madres.
Los hombres protestaron y Victoria, que tenía buena voz, se quejó de ronquera. «La canción del matrimonio» es una hermosa elegía tagala en que se pintan todas las miserias y tristezas de este estado, sin mentar ninguna de sus alegrías.