Entonces pidieron que cantase María Clara.
—Todas mis canciones son tristes.
—¡No importa, no importa!—dijeron todas.
No se hizo de rogar, cogió el arpa, tocó un preludio y cantó con voz vibrante, armoniosa y llena de sentimiento.
¡Dulces las horas en la propia patria
Donde es amigo cuanto alumbra el sol,
Vida es la brisa que en sus campos vuela,
Grata la muerte y más tierno el amor!
Ardientes besos en los labios juegan,
De una madre en el seno al despertar,