Buscan los brazos á ceñir el cuello,
Y los ojos sonriendo al mirar.
Dulce es la muerte por la propia patria,
Donde es amigo cuanto alumbra el sol:
¡Muerte es la brisa para quien no tiene
Una patria, una madre y un amor!
Extinguióse la voz, cesó el canto, enmudeció el arpa y aún seguían escuchando: ninguno aplaudió. Las jóvenes sentían sus ojos llenarse de lágrimas. Ibarra parecía contrariado y el joven piloto miraba inmóvil á lo lejos.
De repente se oyó un atronador estruendo: las mujeres soltaron un grito y se taparon las orejas. Era el exseminarista Albino, que soplaba con toda la fuerza de sus pulmones en el cuerno de carabao, llamado tambulî. La risa y la animación volvieron; los ojos, llenos de lágrimas, brillaron alegremente.
—Pero ¿es que nos vas á volver sordas, hereje?—le gritó tía Isabel.
—Señora,—contesta el exseminarista solemnemente;—he oído hablar de un pobre trompetero, allá en las orillas del Rhin, que por tocar la trompeta se casó con una noble y rica doncella.