—Cierto, el trompetero de Säckingen,—añadió Ibarra, no pudiendo menos de tomar parte en la nueva animación.

—¿Lo oís?—continúa Albino;—pues yo quiero ver si tengo la misma suerte.

Y volvió á soplar aún con más bríos en el resonante cuerno, acercando particularmente la trompa á los oídos de las jóvenes que más tristes se habían puesto. Naturalmente, hubo un pequeño alboroto; las madres le hicieron callar á fuerza de chinelazos y pellizcos.

—¡Aray! ¡aray!—decía palpándose los brazos.—¡La distancia que separa Filipinas de las orillas del Rhin! ¡Oh tempora! ¡oh mores! ¡A unos les dan encomiendas y á otros sambenitos!

Ya todas reían, hasta la Victoria misma; sin embargo, Sinang, la de los alegres ojos, decía en voz baja á María Clara:

—¡Feliz tú! ¡Ay, yo también cantaría si pudiese!

Andeng anunció al fin que el caldo estaba ya dispuesto á recibir á sus huéspedes.

El jovencito, el hijo del pescador, subió entonces sobre el encerradero ó bolsa del corral, colocado en el extremo más estrecho de éste, donde se podría escribir el Lasciati ogni speranza voi ch’entrate, si los desgraciados peces supiesen leer el italiano y entenderlo: pez que entraba allí no salía sino para morir. Es un espacio casi circular de un metro de diámetro próximamente, dispuesto de manera que un hombre pueda tenerse en pie en la parte superior, para desde allí retirar los peces con la redecilla.

—¡Allí sí que no me aburriría el pescar con caña!—decía Sinang estremeciéndose de placer.

Todos estaban atentos: ya algunos creían ver los peces colear y agitarse dentro de la red, brillar sus relucientes escamas, etc. Sin embargo, al introducirla el joven, no saltó pez alguno.