—Debe estar lleno,—decía Albino en voz baja;—hace más de cinco días que no se ha visitado.
El pescador retiró la caña... ¡ay! ni un pececito adornaba la red; el agua, al caer en abundantes gotas que el sol iluminaba, parecía reir con risa argentina. Un ¡ah! de admiración, de disgusto, de desengaño se escapó de los labios de todos.
El joven repitió la misma operación, y el mismo resultado.
—¡No entiendes tu oficio!—le dijo Albino trepando al encerradero y arrancando la red de las manos del joven.
—¡Ahora veréis! ¡Andeng, abre la olla!
Pero Albino tampoco lo entendía y siguió vacía la red. Todos se echaron á reir.
—¡No hagáis ruido, que os oyen los peces y no se dejan coger!—dijo.—Esta red debe estar rota.
Pero la red tenía íntegras todas sus mallas.
—Déjame á mí,—díjole León, el novio de Iday.
Este se aseguró bien del estado del cerco, examinó la red y, satisfecho, preguntó: