—¿Qué hacer?—fué la pregunta.
—¡Cogerlo!—dijo una voz.
—¡Jesús! ¿y quién lo coge?
Nadie se atrevía á descender al abismo. El agua era profunda.
—¡Debíamos atarle á nuestra banca y arrastrarle en triunfo!—dijo Sinang;—¡comerse los peces que debíamos comer!
—¡No he visto hasta ahora un caimán vivo!—murmuró María Clara.
El piloto se levantó, cogió una larga cuerda y subió ágilmente á la especie de plataforma. León le cedió el sitio.
Excepto María Clara, nadie hasta entonces se había fijado en él: ahora admiraban todos su esbelta estatura.
Con gran sorpresa y á pesar de los gritos de todos, el piloto saltó dentro del encerradero.
—¡Llevaos este cuchillo!—le gritó Crisóstomo sacando una ancha hoja toledana.