Pero ya el agua subía en forma de mil surtidores y el abismo se cerró misterioso.

—¡Jesús, María y José!—exclamaban las mujeres.—Vamos á tener una desgracia! ¡Jesús, María y José!

—No tengáis cuidado, señoras,—les decía el viejo banquero;—si hay en toda la provincia uno que lo puede hacer, ése es él.

—¿Cómo se llama ese hombre?—preguntaron.

—Nosotros le llamamos el Piloto: es el mejor que he visto; sólo que no ama el oficio.

El agua se movía, el agua se agitaba: parecía que en el fondo se trababa una lucha; vacilaba el cerco. Todos callaban y contenían la respiración. Ibarra apretaba con mano convulsiva el puño del agudo cuchillo.

La lucha pareció terminarse. Asomóse por encima la cabeza del joven, que fué saludado con gritos alegres: los ojos de las mujeres estaban llenos de lágrimas.

El piloto trepó llevando en la mano el estremo de la cuerda, y una vez en la plataforma tiró de ella.

El monstruo apareció: tenía la soga atada en forma de doble banda por el cuello y debajo de las extremidades anteriores. Era grande, como ya lo había anunciado León, pintado, y sobre sus espaldas crecía verde musgo, que es á los caimanes lo que las canas á los hombres. Mugía como un buey, azotaba con la cola las paredes de caña, se agarraba á ellas, y abría las negras y tremendas fauces, descubriendo sus largos colmillos.

El piloto le izaba solo: nadie se acordaba de ayudarle.