Fuera ya del agua y colocado sobre la plataforma, púsole el pie encima, con robusta mano cerró sus descomunales mandíbulas y trató de atarle el hocico con fuertes nudos. El reptil tentó un nuevo esfuerzo, arqueó el cuerpo, batió el suelo con la potente cola, y, escapándose, se lanzó de un salto al lago, fuera del corral, arrastrando á su domador. El piloto era hombre muerto; un grito de horror se escapó de todos los pechos.
Rápido como el rayo, cayó otro cuerpo al agua; apenas tuvieron tiempo de ver que era Ibarra. María Clara no se desmayó, porque las filipinas no saben aún desmayarse.
Vieron las olas colorearse, teñirse en sangre. El joven pescador saltó al abismo con su bolo[8] en la mano, su padre le siguió: pero apenas desaparecían, cuando vieron á Crisóstomo y al piloto reaparecer agarrados al cadáver del reptil. Este tenía todo el blanco vientre rasgado y en la garganta clavado el cuchillo.
Imposible es describir la alegría de los circunstantes: mil brazos se tendieron para sacar á los jóvenes del agua. Las viejas estaban medio locas y reían y rezaban. Andeng olvidó que su sinigang había hervido tres veces: todo el caldo se derramó y apagó el fuego. La única que no podía hablar era María Clara.
Ibarra estaba ileso, el piloto tenía en el brazo un ligero rasguño.
—¡Os debo la vida!—dijo á Ibarra, que se envolvía en mantas de lana y tapices.
La voz del piloto parecía revelar cierta pena.
—Sois demasiado intrépido,—contestóle Ibarra;—otra vez no tentaréis á Dios.
—¡Si me hubieses seguido, si hubiésemos muerto,—contestó el joven completando su pensamiento,—en el fondo del lago, habría yo estado en familia!
Ibarra no se acordaba de que allí yacían los restos de su padre.