Las viejas ya no querían ir al otro baklad, sino retirarse, alegando que el día había comenzado mal y podrían sobrevenir muchas desgracias.

—¡Todo es porque no hemos oído misa!—suspiraba una.

—Pero ¿qué desgracia hemos tenido, señoras?—preguntaba Ibarra.—¡El caimán sí que es desgraciado!

—Lo cual prueba—concluyó el exseminarista—que en toda su pecadora vida jamás ha oído misa este reptil. Nunca le he visto entre los numerosos caimanes que frecuentan la iglesia.

Las bancas se dirigieron, pues, hacia el otro baklad, y fué menester que Andeng preparase otro sinigang.

El día adelantaba; soplaba la brisa; las olas despertaban y se rizaban en torno del caimán, levantando «montes de espuma do tersa brilla, rica en colores, la luz solar», que dice el poeta Paterno.

La música volvió á resonar: Iday tocaba el arpa; los hombres, los acordeones y guitarras con mayor ó menor afinación, pero el que mejor lo hacía era Albino, que la rascaba verdaderamente desafinada y perdía el compás á cada instante, ó se olvidaba á lo mejor y se pasaba á otra sonata enteramente distinta.

El otro corral fué visitado con desconfianza. Muchos esperaban encontrar allí la hembra del caimán; pero la naturaleza es burlona, y salía siempre llena la red.

Tía Isable mandaba:

—El ayungin es bueno para el sinigang; dejad el biâ para el escabeche, el dalay y el buan-buan para pesâ: el dalag puede vivir mucho. Ponedlos en la red para que continúen en el agua. ¡Las langostas á la sarten! El bânak es para asado, envuelta en hojas de plátano y relleno de tomates.