Llegado al sitio, el padre Salví despachó su vehículo y se internó solo en el bosque.

Un sombrío sendero franquea trabajosamente la espesura y conduce á un arroyo, formado de varias fuentes termales como muchas de las faldas del Makiling. Adornan sus orillas flores silvestres, muchas de las cuales no han recibido aún nombre latino, pero sin duda son ya conocidas de los dorados insectos, de las mariposas de todos tamaños y colores, azul y oro, blancas y negras, matizadas, brillantes, pavonadas, llevando rubíes y esmeraldas en sus alas, y de los millares de coleópteros de reflejos metálicos, espolvoreados de oro fino. El zumbido de estos insectos, el chirrido de la cigarra que alborota día y noche, el canto del pájaro, ó el ruido seco de la podrida rama que cae enganchándose en todas partes, son los únicos que turban el silencio de aquel misterioso paraje.

Algún tiempo estuvo vagando entre las espesas enredaderas, evitando los espinos que le agarraban por el hábito de guingón como para detenerle, las raíces de los árboles que salían del suelo, haciendo tropezar á cada momento al no acostumbrado caminante. Detúvose repentinamente: alegres carcajadas y frescas voces llegaron á sus oídos, y las carcajadas partían del arroyo y se acercaban cada vez más.

—Voy á ver si encuentro un nido,—decía una hermosa y dulce voz que el cura conocía:—quisiera verle sin que él me viese, quisiera seguirle á todas partes.

El padre Salví ocultóse detrás del grueso tronco de un árbol y púsose á escuchar.

—¿Es decir que quieres hacer con él lo que contigo hace el cura, que te vigila en todas partes?—contestó una alegre voz.—¡Ten cuidado que los celos hacen enflaquecer y hunden los ojos!

—¡No, no son celos, es pura curiosidad!—replicaba la voz argentina, mientras la alegre repetía: «¡Sí, celos, celos!» y reía á carcajadas.

—Si yo tuviera celos, en vez de hacerme invisible á mí, le haría á él para que nadie le pudiese ver.

—Pero tú tampoco le verías, y eso no está bien. Lo mejor es que si encontramos el nido, se lo regalemos al cura: así puede vigilarnos á nosotras sin que tengamos necesidad de verle, ¿no te parece?

—Yo no creo en los nidos de las garzas,—contestaba otra voz;—pero si alguna vez tuviese celos, ya sabría vigilar y hacerme invisible...