—Y ¿cómo? ¿cómo? ¿Acaso como sor Escucha?

Alegres carcajadas provocó este recuerdo de colegiala.

—¡Ya sabes cómo se la engaña á sor Escucha!

El padre Salví vió desde su escondite á María Clara, á Victoria y á Sinang recorriendo el río. Las tres andaban con la vista en el espejo de las aguas, buscando el misterioso nido de la garza: iban mojadas hasta la rodilla, dejando adivinar en los anchos pliegues de sus sayas de baño las graciosas curvas de sus piernas. Llevaban la cabellera suelta y los brazos desnudos, y cubría el busto una camisa de anchas rayas y alegres colores. Las tres jóvenes, á la vez que buscaban un imposible, recogían flores y legumbres que crecían en la orilla.

El Acteón religioso contemplaba pálido é inmóvil á aquella púdica Diana: sus ojos, que brillaban en las obscuras órbitas, no se cansaban de admirar aquellos blancos y bien modelados brazos, aquel cuello elegante con el comienzo del pecho; los diminutos y rosados pies, que jugaban con el agua despertaban en su empobrecido sér extrañas sensaciones y hacían soñar en nuevas ideas á su ardiente cerebro.

Tras un recodo del riachuelo, entre espesos cañaverales, desaparecieron aquellas dulces figuras y dejaron de oirse sus crueles alusiones. Ebrio, vacilante, cubierto de sudor, salió el padre Salví de su escondite y miró en torno suyo con ojos extraviados. Detúvose inmóvil, dudoso; dió algunos pasos como si tratase de seguir á las jóvenes, pero volvió y, andando por la orilla, trató de buscar el resto de la comitiva.

A alguna distancia de allí vió en medio del arroyo una especie de baño, bien cercado, cuyo techo lo formaba un frondoso cañaveral: de él salían alegres y femeniles acentos. Adornábanle hojas de palma, flores y banderolas.—Más allá vió un puente de caña y á lo lejos á los hombres bañándose, mientras una multitud de criados y criadas bullían alrededor de improvisados kalanes, atareados en desplumar gallinas, lavar arroz, asar lechón, etc. Y allá, en la orilla opuesta, en un claro que habían hecho, se reunían muchos hombres y mujeres bajo un techo de lona, colgado en parte de las ramas de los árboles seculares, en parte de estacas nuevamente levantadas. Allí estaban el alférez, el coadjutor, el gobernadorcillo, el teniente mayor, el maestro de escuela y muchos capitanes y tenientes pasados, hasta capitán Basilio, el padre de Sinang, antiguo adversario del difunto don Rafael en un viejo litigio. Ibarra le había dicho: «Discutimos un derecho, y discutir no quiere decir ser enemigos.» Y el célebre orador de los conservadores aceptó con entusiasmo la invitación, enviando tres pavos y poniendo sus criados á la disposicion del joven.

El cura fué recibido con respeto y deferencia por todos, hasta por el alférez.

—Pero ¿de dónde viene vuestra reverencia?—preguntóle éste al ver su cara llena de rasguños y su hábito cubierto de hojas y pedazos de ramas secas.—¿Se ha caído vuestra reverencia?

—No, me he extraviado!—contestó el padre Salví, bajando los ojos para examinar su traje.