Se abrían frascos de limonadas, se partían cocos verdes para que los que salían del baño bebiesen su agua fresca y comiesen su tierna carne, más blanca que la leche; las jóvenes recibían además un rosario de sampagas, entremezcladas de rosas é ilang-ilang, que perfumaban la suelta cabellera. Sentábanse ó recostábanse en las hamacas, suspendidas de las ramas, ó se entretenían jugando alrededor de una ancha piedra, sobre la cual se veían naipes, tableros, libritos, sigüeyes y pedrezuelas.
Enseñáronle al cura el caimán, pero al parecer estaba distraído y sólo prestó atención cuando le dijeron que aquella ancha herida la había hecho Ibarra. Por lo demás no era posible ver al célebre y desconocido piloto; había desaparecido ya antes de la llegada del alférez.
Al fin salió María Clara del baño, acompañada de sus amigas, fresca como una rosa en su primera mañana cuando brilla el rocío, con chispas de diamante, en los divinos pétalos. Su primera sonrisa fué para Crisóstomo, y la primera nube de su frente para el padre Salví. Este lo notó y no suspiró.
Llegó la hora de comer. El cura, el coadjutor, el alférez, el gobernadorcillo y algunos capitanes más con el teniente mayor, sentáronse en una mesa que presidía Ibarra. Las madres no permitieron que ningún hombre comiese en la mesa de las jóvenes.
—Esta vez, Albino, no inventas agujeros como en las bancas,—dijo León al exseminarista.
—¿Qué? ¿Qué es eso?—preguntaron las viejas.
—Las bancas, señoras, estaban tan enteras como este plato,—aclaró León.
—¡Jesús!—exclamó tía Isabel sonriendo.
—¿Sabe usted algo ya, señor alférez, del criminal que maltrató al padre Dámaso?—preguntaba fray Salví en la comida á aquel.
—¿De qué criminal, padre cura?—preguntó el alférez, mirando al fraile al través del vaso de vino que vaciaba.