—¿De quién ha de ser? ¡Del que anteayer tarde golpeó al padre Dámaso en el camino!

—¿Golpeó al padre Dámaso?—preguntaron varias voces.

El coadjutor pareció sonreir.

—¡Sí, y el padre Dámaso está ahora en cama! Se cree sea el mismo Elías que le arrojó á usted en el charco, señor alférez.

El alférez se puso colorado de vergüenza ó de vino.

—Pues yo creía—continuó el padre Salví con cierta burla—que estaba usted enterado del asunto ... que el alférez de la guardia civil...

Mordióse el militar los labios y balbuceó una tonta excusa.

En esto, apareció una mujer pálida, flaca, vestida miserablemente; nadie la había visto venir, pues iba silenciosa y hacía tan poco ruido que de noche se la habría tomado por un fantasma.

—¡Dad de comer á esa pobre mujer!—decían las viejas:—¡oy! ¡venid aquí!

Pero ella continuó su camino y se acercó á la mesa donde estaba el cura: éste volvió la cara, la reconoció y se le cayó el cuchillo de la mano.