—¡Al instante y con mucho gusto!—contestó el joven.—Un momento, que el alférez se despide.

Al saberse esta partida, todos los viejos que comprendían el ajedrez se reunieron en torno del tablero: la partida era interesante y atraía hasta á los profanos. Las viejas, sin embargo, rodearon al cura para conversar con él sobre asuntos espirituales, pero fray Salví no juzgaría apropiado el sitio ni la ocasión, pues daba vagas contestaciones y sus miradas, tristes y algo irritadas, se fijaban en todas partes, menos en sus interlocutoras.

Comenzó la partida con mucha solemnidad.

—Si el juego sale tablas, sobreseemos, se entiende,—decía Ibarra.

A la mitad del juego, Ibarra recibió un parte telegráfico que le hizo brillar los ojos y ponerse pálido. Intacto lo guardó en su cartera, no sin dirigir una mirada al grupo de la juventud, que continuaba entre risas y gritos preguntando al Destino.

—¡Jaque al rey!—dijo el joven.

Capitán Basilio no tuvo más remedio que esconderle detrás de la reina.

—¡Jaque á la reina!—volvió á decir amenazándola con su torre, que resultaba defendida por un peón.

No pudiendo cubrir á la reina ni retirarla á causa del rey que estaba detrás, capitán Basilio pidió tiempo para reflexionar.

—¡Con mucho gusto!—contestó Ibarra;—tenía precisamente algo que decir ahora mismo á algunos en aquella reunión.