Y se levantó, concediendo á su contrario un cuarto de hora.
Iday tenía el disco de cartón en que estaban escritas cuarenta y ocho preguntas, Albino el libro de las respuestas.
—¡Mentira! ¡no es verdad! ¡mentira!—gritaba medio llorosa Sinang.
—¿Qué te pasa?—preguntóle María Clara.
—Figúrate, pregunto yo: «¿Cuándo tendré juicio?» echo los dados, y ése, ese cura trasnochado lee en el libro: «¡Cuando la rana críe pelo!» ¿Te parece?
Y Sinang le hace una mueca al exseminarista, que continúa riendo.
—¿Quién te manda hacer esa pregunta?—le dice su prima Victoria.—¡El hacerla basta para merecer tales contestaciones!
—¡Preguntad!—le dijeron á Ibarra presentándole la rueda.—Hemos decidido que quien obtuviese la mejor contestación recibiría un regalo de los demás. Todos hemos preguntado ya.
—Y ¿quién ha obtenido la mejor?
—¡María Clara, María Clara!—contestó Sinang.—Le hicimos preguntar quieras ó no quieras: «¿Es su cariño fiel y constante?» y el libro contestó...