De esto resultó que, aunque capitán Basilio se defendía ya sólo á duras penas, la partida llegó á igualarse, gracias á muchas faltas que el joven cometió después.

—¡Sobreseemos, sobreseemos!—decía capitán Basilio alegremente.

—¡Sobreseemos!—repitió el joven,—sea cualquiera el fallo que los jueces hayan podido dar.

Ambos se dieron la mano y se la estrecharon con efusión.

Mientras los presentes celebraban este acontecimiento que daba fin á un pleito que tenía á ambas partes ya fastidiadas, la repentina llegada de cuatro guardias civiles y un sargento, armados todos y con la bayoneta calada, turbó la alegría é introdujo el espanto en el círculo de las mujeres.

—¡Quieto todo el mundo!—gritó el sargento.—¡Un tiro al que se mueva!

A pesar de esta brutal fanfarronada, Ibarra se levantó y se le acercó.

—¿Qué quiere usted?—preguntó.

—Que nos entregue ahora mismo á un criminal llamado Elías, que les servía de piloto esta mañana,—contestó con tono de amenaza.

—¿Un criminal?... ¿El piloto? ¡Debe usted estar equivocado!—repuso Ibarra.