—No, señor: ese Elías está nuevamente acusado de haber puesto la mano en un sacerdote...

—¡Ah! y ¿es ése el piloto?

—El mismo, según se nos dice. Admite usted en sus fiestas á gente de mala fama, señor Ibarra.

Este le miró de pies á cabeza y le contestó con soberano desprecio:

—¡No tengo que dar á usted cuenta de mis acciones! En nuestras fiestas todo el mundo es bien recibido, y usted mismo que hubiera venido, habría encontrado un sitio en la mesa, como su alférez, que hace dos horas estaba entre nosotros.

Y dicho esto, le volvió las espaldas.

El sargento se mordió los bigotes, y considerando que era la parte más débil, ordenó que buscasen en todas partes y entre los árboles al piloto cuyas señas traían en un pedazo de papel. Don Filipo le decía:

—Note usted que esas señas convienen á las nueve décimas partes de los naturales; ¡no vaya usted á dar un paso en falso!

Al fin volvieron los soldados diciendo que no habían podido ver ni banca ni hombre alguno que infundiese sospechas: el sargento balbuceó algunas palabras y se marchó como había venido.

La alegría volvió poco á poco á renacer, llovieron las preguntas y abundaron los comentarios.