—¡Con que ése es el Elías que arrojó al alférez á un charco!—decía León pensativo.

—Y ¿cómo fué eso? ¿cómo fué?—preguntaban algunos curiosos.

—Dicen que por Septiembre, en un día muy lluvioso, se encontró el alférez con un hombre que venía cargando leña. La calle estaba muy encharcada y solamente en la orilla había un estrecho paso, transitable para una persona. Dicen que el alférez, en vez de detener su caballo, picó espuelas, gritando al hombre que retrocediese: éste parecía que tenía pocas ganas de desandar lo andado por la carga que llevaba sobre el hombro, ó no quería hundirse en el charco y siguió adelante. El alférez, irritado, le quiso atropellar, pero el hombre cogió un trozo de leña y dió al animal en la cabeza con tal fuerza, que el caballo cayó arrastrando al jinete al lodazal. Dicen también que el hombre siguió tranquilo su camino sin hacer caso de las cinco balas, que desde el charco le envió una tras otra el alférez, ciego de furia y de lodo. Como el hombre era enteramente desconocido para él, se supuso que sería el célebre Elías, llegado á la provincia hacía algunos meses, venido sin saberse de dónde, y que se ha dado á conocer á los guardias civiles de algunos pueblos por hechos parecidos.

—¿Es, pues, un tulisán?—preguntó Victoria estremeciéndose.

—No lo creo, porque dicen que se ha batido una vez contra los tulisanes que saqueaban una casa.

—¡No tiene cara de malhechor!—añadió Sinang.

—No, sólo que su mirada es muy triste: no le he visto sonreir en toda la mañana,—repuso pensativa María Clara.

Así pasó la tarde y vino la hora de volver al pueblo.

A los últimos rayos del sol moribundo salieron del bosque pasando en silencio cerca de la misteriosa tumba del antepasado de Ibarra. Después las alegres conversaciones volvieron á reanudarse vivas, llenas de color, bajo las ramas aquellas, poco acostumbradas á escuchar tantos acentos. Los árboles parecían tristes, las enredaderas se balanceaban como diciendo: «¡Adiós, juventud! ¡Adiós, sueño de un día!»

Y ahora, á la luz de las rojizas y gigantescas antorchas de caña y al són de las guitarras, dejémoslos en su camino hacia el pueblo. Los grupos disminuyen, las luces se apagan, el canto cesa, la guitarra enmudece á medida que se van acercando á las moradas de los hombres. ¡Poneos la máscara, que estáis otra vez entre vuestros hermanos!