XXV

En casa del filósofo

A la mañana del día siguiente, Juan Crisóstomo Ibarra, después de visitar sus tierras, se dirigió á casa del anciano Tasio.

Completa tranquilidad reinaba en el jardín, pues las golondrinas, que revoloteaban en torno de los aleros, apenas hacían ruido. El musgo crecía en el viejo muro donde una especie de yedra trepaba, bordando las ventanas. Aquella casita parecía la mansión del silencio.

Ibarra ató cuidadosamente su caballo á un poste, y caminando casi de puntillas, atravesó el jardín, limpia y escrupulosamente mantenido; subió las escaleras y, como la puerta estaba abierta, entró.

Lo primero que se presentó á sus ojos fué el viejo, inclinado sobre un libro en el que parecía escribir. En las paredes se veían colecciones de insectos y hojas, entre mapas y viejos estantes llenos de libros y manuscritos.

El viejo estaba tan absorto en su ocupación que sólo notó la llegada del joven en el punto que éste, no queriendo estorbarle, trataba de retirarse.

—¿Cómo estaba usted ahí?—preguntó mirando á Ibarra con cierta extrañeza.

—Usted dispense,—contestó éste,—veo que está muy ocupado...