—En efecto, escribía un poco, pero no urge, y quiero descansar. ¿Puedo serle útil en algo?
—¡En mucho!—contestó Ibarra acercándose;—pero...
Y echó una mirada al libro que estaba sobre la mesa.
—¿Cómo?—exclamó sorprendido;—¿se dedica usted á descifrar jeroglíficos?
—¡No!—contestó el viejo ofreciéndole una silla;—no entiendo el egipcio ni el copto siquiera, pero comprendo algo el sistema de escritura y escribo en jeroglíficos.
—¿Escribe usted en jeroglíficos? Y ¿por qué?—preguntó el joven dudando de lo que veía y oía.
—¡Para que no me puedan leer ahora!
Ibarra le miró de hito en hito, pensando si el viejo estaría en efecto loco. Examinó rápidamente el libro para ver si aquello era cierto y vió muy bien dibujados animales, círculos, semicírculos, flores, pies, manos, brazos, etc.
—Y ¿por qué escribe usted si no quiere que le lean?
—Porque no escribo para esta generación, escribo para otras edades. Si ésta me pudiese leer, quemaría mis libros, el trabajo de toda mi vida; en cambio, la generación que descifre estos caracteres será una generación instruída, me comprenderá y dirá: «¡No todos dormían en la noche de nuestros abuelos!» El misterio ó estos curiosos caracteres salvarán mi obra de la ignorancia de los hombres, como el misterio y los extraños ritos han salvado á muchas verdades de las destructoras clases sacerdotales.