—Y ¿en qué idioma escribe usted?—preguntó Ibarra, después de una pausa.
—En el nuestro, en el tagalo.
—Y ¿sirven los signos jeroglíficos?
—Si no fuera por la dificultad del dibujo, que exige tiempo y paciencia, casi le diría que sirven mejor que el alfabeto latino. El antiguo egipcio tenía nuestras vocales; nuestra o, que sólo es final y que no es como la española, sino una vocal intermedia entre o y u; como nosotros, el egipcio no tenía verdadero sonido de e; se encuentran en él nuestro ha y nuestro kha que no tenemos en el alfabeto latino tal como lo usamos en español. Por ejemplo: en esta palabra mukhâ,—añadió señalando en el libro,—trascribo la sílaba ha más propiamente con esta figura de pez que con la h latina, que en Europa se pronuncia de diferentes maneras. Para otra aspiración menos fuerte, por ejemplo, en esta palabra hain, donde la h tiene menos fuerza, me valgo de este busto de león, ó de estas tres flores de loto según la cantidad de la vocal. Es más; tengo el sonido de la nasal que tampoco existe en el alfabeto latino españolizado. Repito que si no fuera por la dificultad del dibujo, que debe ser perfecto, casi se podrían adoptar los jeroglíficos, pero esta misma dificultad me obliga á ser conciso y á no decir más que lo justo y necesario; este trabajo además me hace compañía, cuando mis huéspedes de la China y del Japón se marchan.
—¿Cómo?
—¿No les oye usted? Mis huéspedes son las golondrinas; este año falta una; algún mal muchacho chino ó japonés debe haberla cogido.
—¿Cómo sabe usted que vienen de esos países?
—Sencillamente: hace algunos años, antes de partir, les ataba al pie un papelito con el nombre de Filipinas en inglés, suponiendo que no debían ir muy lejos, y porque el inglés se habla en casi todas estas regiones. Durante años mi papelito no obtuvo contestación, hasta que últimamente lo hice escribir en chino, y he aquí que el Noviembre siguiente vuelven con otros papelitos que hice descifrar: el uno estaba escrito en chino y era un saludo desde las orillas del Hoang-ho, y el otro, supone el chino á quien consulté debe ser japonés. Pero le estoy á usted entreteniendo con estas cosas y no le pregunto en qué puedo serle útil.
—Venía á hablarle de un asunto de importancia,—contestó el joven:—ayer tarde...
—¿Han preso á ese desgraciado?—interrumpió el viejo lleno de interés.