—¿Habla usted de Elías? ¿Cómo lo ha sabido usted?
—He visto á la Musa de la guardia civil.
—¡La Musa de la guardia civil! Y ¿quién es esa Musa?
—La mujer del alférez, á quien usted no invitó á su fiesta. Ayer mañana se divulgó por el pueblo lo sucedido con el caimán. La Musa de la guardia civil tiene tanta penetración como malignidad, y supuso que el piloto debía ser el temerario que arrojó á su marido al charco y apaleó al padre Dámaso; y como ella lee los partes que debe recibir su marido, apenas hubo llegado éste á su casa borracho y sin juicio, despachó, para vengarse de usted, al sargento con los soldados á fin de que turbaran la alegría de la fiesta. ¡Tenga usted cuidado! Eva era una buena mujer, salida de las manos de Dios... ¡Doña Consolación dicen que es mala y no se sabe de qué manos vino! La mujer, para poder ser buena, necesita haber sido siquiera una vez ó doncella ó madre.
Ibarra se sonrió ligeramente, y repuso sacando de su cartera algunos papeles:
—Mi difunto padre solía consultar á usted en algunas cosas, y recuerdo que sólo ha tenido que felicitarse de haber seguido sus consejos. Tengo entre manos una pequeña empresa, cuyo buen éxito necesito asegurar.
E Ibarra le refirió brevemente el proyecto de la escuela, que había ofrecido á su novia, desarrollando á la vista del estupefacto filósofo los planos que le llegaron de Manila.
—Quisiera que usted me dijese qué personas debo ganar primero en el pueblo para el mejor éxito de la obra. Usted conoce bien á los habitantes; yo acabo de llegar y soy casi extranjero en mi país.
El viejo Tasio examinaba con ojos humedecidos por las lágrimas los planos que tenía delante.
—¡Lo que usted va á realizar era mi sueño, el sueño de un pobre loco!—exclamó conmovido;—y ahora, lo primero que le aconsejo es no venir á consultarme jamás.