El joven le miró sorprendido.

—Porque las personas sensatas—continuó con amarga ironía—le tomarían á usted por loco también. La gente cree locos á los que no piensan como ellos; por eso me tienen por tal, y lo agradezco, porque ¡ay de mí! el día en que quieran devolverme el juicio; ese día me privarían de la pequeña libertad que me he comprado á costa de mi reputación de sér razonable. Y ¿quién sabe si tienen razón? No pienso ni vivo según sus leyes; mis principios, mis ideales son otros. Fama de cuerdo goza entre ellos el gobernadorcillo porque, no habiendo aprendido más que á servir el chocolate y sufrir el mal genio del padre Dámaso, ahora es rico, turba los pequeños destinos de sus conciudadanos, y á veces hasta habla de justicia. «¡Ese es el hombre de talento!» piensa el vulgo; «¡ved, con nada se ha hecho grande!» Pero yo, yo he heredado fortuna, consideración, he estudiado, y ahora soy pobre; no me han confiado ni el más ridículo cargo, y todos dicen: «¡Ese es un loco; ése no entiende la vida!» El cura me llama filósofo por mote, y da á entender que soy un charlatán que hace gala de lo que aprendió en las aulas universitarias, cuando precisamente es lo que menos me sirve. Acaso sea yo verdaderamente el loco y ellos los cuerdos; ¿quién lo podrá decir?

Y el viejo sacudió su cabeza como para alejar un pensamiento y continuó:

—Lo que le puedo también aconsejar es que consulte al cura, al gobernadorcillo, á todas las personas de posición: ellos le darán á usted malos, torpes ó inútiles consejos, pero consultar no quiere decir obedecer; aparente usted seguirles siempre que le sea posible y haga constar que obra según ellos.

Ibarra estuvo un momento reflexionando y después repuso:

—El consejo es bueno, pero difícil de seguir. ¿No podría yo llevar adelante mi idea sin que sobre ella se refleje una sombra? ¿No podría lo bueno hacerse paso al través de todo, y que la verdad no necesita pedir prestado vestidos al error?

—¡Nadie ama la verdad desnuda por eso!—replica el viejo.—Eso es bueno en teoría, factible en el mundo que la juventud sueña. Ahí está el maestro de escuela que se ha agitado en el vacío; corazón de niño que quiso el bien y sólo recogió burla y carcajadas. Usted me ha dicho que es extranjero en su país, y lo creo. Desde el primer día de su llegada, empezó usted por herir el amor propio de un religioso, que tiene fama de santo entre la gente y de sabio entre los suyos. Dios quiera que este paso no haya decidido de su porvenir. No crea usted que porque los dominicos y agustinos miran con desprecio el hábito de guingón[1], el cordón y el indecente calzado; porque haya recordado una vez un gran doctor de Santo Tomás que el papa Inocencio III había calificado los estatutos de esta orden como más propios para puercos que para hombres, no se dan todos ellos la mano para afirmar lo que un procurador decía: «El lego más insignificante puede más que el gobierno con todos sus soldados.» Cave ne cadas[2]. El oro es muy poderoso; el becerro de oro ha derribado muchas veces á Dios de sus altares, y ya desde los tiempos de Moisés.

—No soy tan pesimista ni me parece tan peligrosa la vida en mi país,—contestó sonriendo Ibarra.—Creo que esos temores son un poco exagerados, y espero poder realizar todos mis propósitos sin encontrar resistencia grande por ese lado.

—Sí, si ellos le tienden la mano; nó, si ellos se la retiran. Todos los esfuerzos de usted se estrellarían contra las paredes de la casa parroquial con sólo agitar el fraile su cordón ó sacudir el hábito; el alcalde, con cualquier pretexto, le negaría mañana lo que hoy ha concedido; ninguna madre dejaría que su hijo frecuentase la escuela, y entonces todas sus fatigas tendrían un efecto contraproducente: desanimarían á los que después quisiesen intentar generosas empresas.

—Con todo,—repuso el joven,—no puedo creer en ese poder que usted dice, y aun suponiéndolo, admitiéndolo, tendría todavía á mi lado al pueblo sensato, al gobierno que está animado de muy buenos propósitos, lleva grandes miras y quiere francamente el bien de Filipinas.