—¡El gobierno! ¡El gobierno!—murmuró el filósofo levantando los ojos para mirar al techo.—Por más animado que esté del deseo de engrandecer el país en beneficio del mismo y de la madre patria; por más que el generoso espíritu de los Reyes Católicos lo recuerde aún alguno que otro funcionario y lo piense á sus solas, el gobierno no vé, no oye, no juzga más que por lo que le hace ver, oir y juzgar el cura ó el provincial; está convencido de que sólo descansa en ellos, de que si se sostiene es porque ellos le sostienen, que si vive es porque le consienten que viva y el día en que le falten, caerá como un maniquí que perdió su sostén. Al gobierno se le amedrenta con levantar al pueblo y al pueblo con las fuerzas del gobierno: de aquí se origina un sencillo juego que se parece á lo que sucede á los medrosos al visitar lugares lúgubres: toman por fantasmas las propias sombras y por extrañas voces los propios ecos. Mientras el gobierno no se entienda con el país, no saldrá de esa tutela; vivirá como esos jóvenes imbéciles que tiemblan á la voz de su ayo, cuya condescendencia mendigan. El gobierno no sueña en ningún porvenir robusto, es un brazo; la cabeza es el convento, y por esta inercia con que se deja arrastrar de abismo en abismo, se convierte en sombra, desaparece su entidad, y débil é incapaz todo lo confía á manos mercenarias. Compare usted, si no, nuestro sistema gubernamental con los de los países que ha visitado...
—¡Oh!—interrumpió Ibarra;—eso es mucho pedir, contentémonos con ver que nuestro pueblo no se queja, ni sufre como el pueblo de otros países, y eso es gracias á la religión y á la benignidad de los gobernantes.
—El pueblo no se queja porque no tiene voz, no se mueve porque está aletargado, y dice usted que no sufre, porque no ha visto lo que sangra su corazón. Pero un día usted lo verá y lo oirá y ¡ay de los que basan su fuerza en la ignorancia ó en el fanatismo! ¡ay de los que gozan con el engaño y trabajan en la noche creyendo que todos duermen! Cuando la luz del día alumbre el aborto de las sombras, vendrá la reacción espantosa: tanta fuerza, durante siglos comprimida, tanto veneno destilado gota á gota, tantos suspiros ahogados saldrán á la luz y estallarán... ¿Quién pagará entonces esas cuentas que los pueblos presentan de tiempo en tiempo y que nos conserva la Historia en sus páginas ensangrentadas?
—¡Dios, el gobierno y la religión no permitirán que llegue ese día!—repuso Crisóstomo, impresionado á pesar suyo.—Filipinas es religiosa y ama á España; Filipinas sabrá cuanto por ella hace la nación. Hay abusos, sí, hay defectos, no lo he de negar, pero España trabaja para introducir reformas que los corrijan, madura proyectos, no es egoísta.
—Lo sé, y esto es lo peor. Las reformas que vienen de lo alto se anulan en las esferas inferiores, gracias á los vicios de todos, gracias por ejemplo, al ávido deseo de enriquecerse en poco tiempo y á la ignorancia del pueblo que todo lo consiente. Los abusos no los corrige un real decreto mientras una autoridad celosa no vigile su ejecución, mientras no se conceda la libertad de la palabra contra las demasías de los tiranuelos: los proyectos quedan proyectos, los abusos abusos, y el ministro, satisfecho, dormirá más tranquilo, sin embargo. Aun más; si acaso viene un personaje de alto puesto con grandes y generosas ideas, pronto empieza por oir, mientras por detrás le tienen por loco: «Vuecencia no conoce el país, V. E. no conoce el carácter de los indios, V. E. los va á perder, V. E. hará bien en fiarse en fulano y zutano, etc.», y como S. E. no conocía efectivamente el país, que hasta ahora había colocado en América, y además tiene defectos y debilidades como todo hombre, se deja convencer. Su excelencia recuerda también que para conseguir el puesto, ha tenido que sudar mucho y sufrir más, que lo tiene únicamente por tres años, que se hace viejo y es menester no pensar en quijoterías sino en su porvenir: un hotelito en Madrid, una casita en el campo y una buena renta para vivir con lujo en la corte; hé aquí lo que debía buscar en Filipinas. No pidamos milagros, no pidamos que se interese por el bien del país quien viene como extranjero para hacer su fortuna y marcharse después. ¿Qué le importa el agradecimiento ó las maldiciones de un pueblo que no conoce, en donde no tiene sus recuerdos, en donde no tiene sus amores? La gloria, para ser agradable, es menester que resuene en los oídos de los que amamos, en la atmósfera de nuestro hogar ó de la patria que ha de guardar nuestras cenizas: queremos que la gloria se siente sobre nuestro sepulcro para calentar con sus rayos el frío de la muerte, para que no nos reduzcamos por completo á la nada, sino que quede algo de nosotros. Nada de esto podemos prometer al que viene á cuidarse de nuestros destinos. Y lo peor de todo esto es que se marchan cuando empiezan á enterarse de su deber. Pero nos alejamos de nuestra cuestión.
—No, antes de volver á ella, necesito aclarar ciertas cosas,—interrumpió el joven vivamente.—Puedo conceder que el gobierno desconozca al pueblo, pero creo que el pueblo conoce menos al gobierno. Hay funcionarios inútiles, malos, si usted quiere, pero también los hay buenos y si éstos no pueden hacer nada, es porque se encuentran con una masa inerte: la población que toma poca participación en las cosas que le atañen. Pero no he venido á discutir con usted sobre este punto: venía para pedirle un consejo y usted me dice que doble ante grotescos ídolos la cabeza.
—Sí, y lo repito, porque aquí hay que bajar la cabeza ó dejarla caer.
—¿Bajar la cabeza ó dejarla caer?—repitió Ibarra pensativo.—¡Es duro el dilema! Pero ¿por que? ¿Es acaso incompatible el amor á mi país con el amor á España? ¿Es acaso necesario rebajarse para ser buen cristiano, prostituir la propia conciencia para llevar á cabo un buen fin? Amo á mi patria, á Filipinas, porque á ella le debo mi vida y mi felicidad, y porque todo hombre debe amar á su patria; amo á España, la patria de mis mayores, porque, á pesar de todo, Filipinas le debe y le deberá su felicidad y su porvenir; soy católico, conservo pura la fe de mis padres, y no veo por qué había de bajar la cabeza, cuando la puedo levantar, entregarla á mis enemigos cuando los puedo hollar.
—Porque el campo en donde usted quiere sembrar está en poder de sus enemigos, y contra ellos no tiene usted fuerza... Es necesario que bese usted primero esa mano que...
Pero el joven no le dejó continuar y exclamó arrebatado: