—¡Besar! Pero usted olvida que entre ellos han matado á mi padre, le han arrojado de su sepulcro ... pero yo que soy el hijo no lo olvido, y si no le vengo, es porque miro por el prestigio de la religión.

El viejo filósofo bajó la cabeza.

—Señor Ibarra,—repuso lentamente;—si conserva usted esos recuerdos, recuerdos cuyo olvido no le puedo aconsejar, abandone la empresa que intenta y busque en otra parte el bien de sus paisanos. La empresa pide otro hombre porque, para llevarla á cabo, no sólo se necesita tener dinero y querer; en nuestro país se requieren además abnegación, tenacidad y fe, porque el terreno no está preparado; sólo está sembrado de cizaña.

Ibarra comprendía el valor de estas palabras, pero no debía desanimarse; el recuerdo de María Clara estaba en su mente: era preciso realizar su oferta.

—¿No le sugiere su experiencia más que ese duro medio?—preguntó en voz baja.

El viejo le cogió del brazo y le llevó á la ventana. Un viento fresco, precursor del norte, soplaba; á sus ojos se extendía el jardín, limitado por el extenso bosque que servía de parque.

—¿Por qué no hemos de hacer lo que ese débil tallo, cargado de rosas y capullos?—dijo el filósofo, señalando un hermoso rosal.—El viento sopla, le sacude, y él se inclina como ocultando su preciosa carga. Si el tallo se mantuviese recto, se rompería, el viento esparciría las flores, y los capullos se malograrían. El viento pasa y el tallo vuelve á erguirse, orgulloso con su tesoro: ¿quién le acusará de haberse plegado ante la necesidad? Allá vea usted aquel gigantesco kupang[3], que mueve majestuosamente su aéreo follaje donde anida el águila. Lo traje del bosque débil planta; con delgadas cañas sostuve su tallo durante meses. Si lo hubiera traído grande y lleno de vida, á buen seguro que aquí no habría vivido: el viento le habría sacudido antes de que sus raíces se pudiesen fijar en el terreno, antes que éste se afirmase á su alrededor y le proporcionase el debido sustento para su tamaño y altura. Así terminará usted, planta trasplantada de Europa á este suelo pedregoso, si no busca apoyo y se empequeñece. Usted está en malas condiciones, solo, elevado: el terreno vacila, el cielo anuncia tempestad y la copa de los árboles de su familia se ha probado que atrae el rayo. No es valor, sino temeridad combatir solo contra todo lo existente; nadie tacha al piloto que se acoge á un puerto á la primera ráfaga de tormenta. Bajarse cuando pasa la bala no es cobardía; lo malo es desafiarla para caer y no volverse á levantar.

—Y ¿produciría este sacrificio los frutos que espero?—preguntó Ibarra;—¿creería en mí y olvidaría su agravio el sacerdote? ¿Me ayudarían francamente en provecho de la instrucción que disputa á los conventos las riquezas del país? ¿No pueden fingir amistad, aparentar protección, y por debajo, en las sombras, combatirle, minarle, herirle en el talón para hacerle vacilar más pronto que atacándole de frente? Dados los antecedentes que usted supone, todo se puede esperar.

El viejo permaneció silencioso, sin poder contestar. Meditó algún tiempo y repuso:

—Si tal sucediese, si la empresa fracasase, le consolaría á usted el pensamiento de haber hecho cuanto dependía de su parte, y aun así, algo se habría ganado: poner la primera piedra, sembrar, después que se desencadene la tempestad, algún grano acaso germine, sobreviva á la catástrofe, salve la especie de la destrucción y sirva después de simiente para los hijos del sembrador muerto. El ejemplo puede alentar á los otros que sólo temen principiar.