Fuera del pueblo, los montañeses, los kasamá, se ponen sus mejores trajes para llevar á casa de los socios capitalistas bien cebadas gallinas, jabalíes, venados, aves; éstos cargan en los pesados carros leña, aquéllos frutas, plantas aéreas, las más raras que crecen en el bosque: otros llevan bigâ[6] de anchas hojas, tikas tikas[7] con flores de color de fuego para adornar las puertas de las casas.

Pero donde reina la mayor animación, que ya raya en tumulto, es allá sobre una especie de ancha meseta á algunos pasos de la casa de Ibarra. Rechinan poleas, óyense gritos, el ruido metálico de la piedra que se pica, el martillo que clava un clavo, el hacha que labra la viga. Cava la tierra una muchedumbre y abre un ancho y profundo foso; otros ponen en fila piedras sacadas de las canteras del pueblo, descargan carros, amontonan arena, disponen tornos y cabrestantes...

—¡Aquí! ¡allá eso! ¡Vivo!—gritaba un viejecillo de fisonomía animada é inteligente, que tenía por bastón un metro con cantos de cobre, al cual va arrollada la cuerda de una plomada. Era el maestro de obras, ñor Juan, arquitecto, albañil, carpintero, blanqueador, cerrajero, picapedrero y en ocasiones escultor.

—¡Es menester terminarlo ahora mismo! ¡Mañana no se puede trabajar y pasado mañana es la ceremonia! ¡Vivo!

—¡Haced el hoyo de manera que se adapte justamente con este cilindro!—decía á unos picapedreros que pulimentaban una grande piedra cuadrangular; dentro de esto se conservarán nuestros nombres.

Y repetía á cada nuevo forastero que se acercaba lo que ya mil veces había dicho.

—¿Sabéis lo que vamos á construir? Pues es una escuela, modelo en su género, como las de Alemania, mejor aún! El plano lo ha trazado el arquitecto señor R., y yo, ¡yo dirijo la obra! Sí, señor, ved, esto va á ser un palacio con dos alas: una para los niños y otra para las niñas. Aquí en medio un gran jardín con tres surtidores: allí, en los costados, arboledas, pequeñas huertas para que los chicos siembren y cultiven plantas en las horas de recreo, aprovechen el tiempo y no lo malgasten. ¡Ved cómo los cimientos son profundos! ¡Tres metros sesenta y cinco centímetros! El edificio va á tener bodegas, subterráneos, calabozos para los desaplicados, cerca, muy cerca de los juegos y del gimnasio para que los castigados oigan cómo los diligentes se divierten. ¿Veis ese grande espacio? Eso será la explanada para correr y saltar al aire libre. Las niñas tendrán jardín con bancos, columpios, alamedas para el juego de la comba[8], surtidores, pajareras, etc. ¡Esto va á ser magnífico!

Y ñor Juan se frotaba las manos, pensando en la fama que iba á adquirir. Vendrían los extranjeros para verlo y preguntarían:—¿Quién es el gran arquitecto que ha construído esto?—¿No lo sabéis? Parece mentira que no conozcáis á ñor Juan. ¡Sin duda venís de muy lejos!—contestarían todos.

Con estos pensamientos iba de un extremo á otro, inspeccionándolo todo y pasando revista á todo.

—¡Encuentro demasiada madera para una cabria!—decía á un hombre amarillo que dirigía algunos trabajadores: yo tendría bastante con tres largos trozos que formen trípode y otros tres los que sujeten entre sí.