—¡Abá![9]—contestó el hombre amarillo sonriendo de un modo particular;—cuanto más aparato demos á la obra, tanto mayor efecto conseguiremos. El conjunto tendrá más aspecto, más importancia, y dirán: ¡Cuánto se ha trabajado! Veréis, veréis qué cabria levanto yo! Y luego la adornaré de banderolas, guirnaldas de hojas y flores ... diréis después que habéis tenido razón en admitirme entre vuestros trabajadores, y el señor Ibarra no podrá desear más.
Y el hombre reía y sonreía: ñor Juan sonreía también y movía la cabeza.
A alguna distancia de allí se veían dos kioscos unidos entre sí por una especie de emparrado cubierto de hojas de plátano.
El maestro de escuela, con unos treinta muchachos, tejían coronas, sujetaban banderas á los delgados pilares de caña, cubiertos de lienzo blanco abollonado.
—¡Procurad que las letras estén bien escritas!—decía á los que dibujaban inscripciones; el alcalde va á venir, muchos curas asistirán, ¡acaso el Capitán General, que está en la provincia! Si ellos ven que dibujáis bien, tal vez os alaben.
—¿Y nos regalen una pizarra?...
—¡Quién sabe! pero el señor Ibarra ya ha pedido una á Manila. Mañana llegarán algunas cosas, que se repartirán entre vosotros como premios... Pero, dejad esas flores en el agua, mañana haremos los ramilletes, traeréis más flores, porque es menester que la mesa esté cubierta de ellas; las flores alegran la vista.
—Mi padre traerá mañana flores de bainô[10] y un cesto de sampagas.
—El mío ha traído tres carretones de arena y no ha recibido pago.
—¡Mi tío ha prometido pagar un maestro! añadía el sobrino de capitán Basilio.