En efecto, el proyecto había encontrado eco casi en todos. El cura había pedido apadrinar y bendecir él mismo la colocación de la primera piedra, ceremonia que tendría lugar el último día de la fiesta, siendo una de sus mayores solemnidades. El mismo coadjutor se había acercado tímidamente á Ibarra, ofreciéndole cuantas misas le pagasen los devotos hasta la conclusión del edificio. Aún más; la hermana Rufa, la rica y económica mujer, dijo que si llegaba á faltar dinero, ella recorrería algunos pueblos para pedir limosna, con la única condición de que le pagasen el viaje y los alimentos, etc. Ibarra le dió las gracias y respondió:

—No sacaríamos gran cosa, pues ni yo soy rico ni este edificio es una iglesia. Además, no he prometido levantarlo á costa de los otros.

Los jóvenes, los estudiantes que venían de Manila para celebrar la fiesta, le admiraban y le tomaban por prototipo; pero, como sucede casi siempre, cuando queremos imitar á los hombres notables, sólo imitamos sus pequeñeces, cuando no sus defectos, porque de otra cosa no somos capaces, y muchos de estos admiradores se fijaban en la manera como el joven hacía el lazo de su corbata, otros en la forma del cuello de la camisa y no pocos en el número de los botones de su americana y chaleco.

Los funestos presentimientos del viejo Tasio parecían haberse disipado para siempre. Así se lo manifestó Ibarra un día, pero el viejo pesimista contestó:

—Recuerde usted lo que dice Baltasar:

«Kung ang isalúbong sa iyong pagdating

Ay masayang mukhâ ’t may pakitang giliu,

Lalong pag ingata ’t kaauay na li him...»[11]

Baltasar era tan buen poeta como pensador.

Estas y otras cosas más pasaban en la víspera, antes de ponerse el sol.