Apenas acabada de decir esto, cuando vieron á la loca, arrastrada más bien que conducida por un soldado: Sisa oponía resistencia.
—¿Por qué la prendéis? ¿Qué ha hecho?—preguntó Ibarra.
—¿Qué? ¿No habéis visto cómo ha alborotado?—contestó el custodio de la pública tranquilidad.
El lazarino recogió precipitadamente su cesto y se alejó.
María Clara quiso retirarse, pues había perdido la alegría y el buen humor.
—¡También hay gentes que no son felices!—murmuraba.
Al llegar á la puerta de su casa, sintió aumentar su tristeza al ver que su novio se negaba á subir y se despedía.
—¡Es necesario!—decía el joven.
María Clara subió las escaleras pensando en lo aburridos que son los días de fiesta, cuando vienen las visitas de los forasteros.