Al sentir su contacto, el lazarino soltó un grito y se levantó de un salto. Pero la loca se agarró á su brazo, con gran horror de la gente, y decía:
—¡Recemos, recemos! ¡Hoy es el día de los muertos! Esas luces son las vidas de los hombres; ¡recemos por mis hijos!
—¡Separadla, separadlos! ¡que se va á contagiar la loca!—gritaba la multitud, pero nadie se atrevía á acercarse.
—¿Ves aquella luz en la torre? ¡Aquella es mi hijo Basilio que baja por una cuerda! ¿Ves aquella allá en el convento? Aquella es mi hijo Crispín, pero yo no voy á verlos porque el cura está enfermo y tiene muchas onzas, y las onzas se pierden. ¡Recemos, recemos por el alma del cura! Yo le llevaba amargoso y zarzalidas; mi jardín estaba lleno de flores, y tenía dos hijos. ¡Yo tenía jardín, cuidaba flores, y tenía dos hijos!
Y soltando al lazarino se alejó cantando:
«¡Yo tenía jardín y flores, yo tenía hijos, jardín y flores!»
—¿Qué has podido hacer por esa pobre mujer?—preguntó María Clara á Ibarra.
—¡Nada; estos días había desaparecido del pueblo y no se la podía encontrar!—contestó medio confuso el joven.—He estado además muy ocupado, pero no te aflijas; ¡el cura se interesa mucho por ella!
—¿No decía el alférez que haría buscar á los niños?
—¡Sí, pero entonces estaba un poco... bebido!