—Es el leproso,—contestó Iday.—Hace cuatro años ha contraído esa enfermedad: unos dicen por cuidar á su madre, otros por haber estado en la húmeda prisión. Vive allá en el campo, cerca ya del cementerio de los chinos; no se comunica con nadie, todos huyen de él por temor de contagiarse. ¡Si vieras su casita! Es la casita de Giring-giring[2]: el viento, la lluvia y el sol entran y salen como la aguja en la tela. Le han prohibido tocar nada que perteneciese á la gente. Un día cayó un chiquillo en el canal, el canal no era profundo, pero él, que pasaba cerca, le ayudó á salir de allí. Súpolo el padre, se quejó al gobernadorcillo, y éste le mandó dar seis azotes en medio de la calle, quemando después el bejuco. ¡Aquello era atroz! el leproso corría huyendo, el azotador le perseguía y el gobernadorcillo le gritaba: «¡Aprende! más vale que uno se ahogue que no que enferme como tú.»
—¡Es verdad!—murmuró María Clara.
Y sin darse cuenta de lo que hacía, acercóse rápidamente á la cesta del desgraciado y depositó en ella el relicario que acababa de regalarle su padre.
—¿Qué has hecho?—le preguntaron sus amigas.
—¡No tenía otra cosa!—contestó disimulando con una risa las lágrimas de sus ojos.
—Y ¿qué va él á hacer con tu relicario?—le dijo Victoria.—Un día le dieron dinero, pero con una caña le alejó de sí: ¿para qué lo quería si nadie acepta nada que venga de él? ¡Si el relicario pudiera comerse!
María Clara miró con envidia á las mujeres que vendían comestibles, y se encogió de hombros.
Pero el lazarino se acercó á la cesta, cogió la alhaja que brilló entre sus manos, se arrodilló, la besó y después descubriéndose hundió la frente en el polvo que la joven había pisado.
María Clara ocultó el rostro detrás de su abanico y se llevó el pañuelo á los ojos.
Entretanto se había acercado una mujer al desgraciado que parecía orar. Traía la larga cabellera suelta y desgreñada, y á la luz de los faroles se vieron las facciones extremadamente demacradas de la loca Sisa.