—¡Está triste!—observó Sinang;—piensa en lo que le van á costar tantas visitas. Pero ya veréis como no lo paga él, sino los sacristanes. Sus visitas siempre comen en otra parte.
—¡Sinang!—le reprende Victoria.
—No le puedo sufrir desde que rompió la Rueda de la Fortuna; yo ya no me confieso con él.
Entre todas las casas, se distinguía una que ni estaba iluminada, ni tenía las ventanas abiertas: era la del alférez. Extrañóse de ello María Clara.
—¡La bruja! ¡la Musa de la Guardia Civil, como dice el viejo! exclamó la terrible Sinang. ¿Qué tiene ella que ver con nuestras alegrías? ¡Estará rabiando! Deja que venga el cólera y verás como da un convite.
—¡Pero, Sinang!—vuelve á reprender su prima.
—Nunca la he podido sufrir y menos desde que turbó nuestra fiesta con sus guardias civiles. A ser yo arzobispo, la casaba con el P. Salví... ¡vería qué hijitos! Mira que hacer prender al pobre piloto, que se arrojó al agua por complacer...
No pudo concluir la frase: en el ángulo de la plaza donde un ciego cantaba al són de una guitarra el romance de los peces, se presentaba un raro espectáculo.
Era un hombre cubierto con un ancho salakot de hojas de palma, y vestido miserablemente. Consistía su traje en una levita, hecha jirones, y unos calzones anchos, como los de los chinos, rotos en diferentes sitios. Miserables sandalias calzaban sus pies. Su rostro quedaba todo en sombras gracias á su salakot, pero de aquellas tinieblas partían de cuando en cuando dos fulgores, que se apagaban al instante. Era alto y por sus movimientos debía creerse que era joven. Depositaba un cesto en tierra, y se alejaba después pronunciando sonidos extraños, incomprensibles; permanecía de pie, completamente aislado, como si él y la muchedumbre se esquivasen mutuamente. Entonces, acercábanse algunas mujeres á su cesta, depositaban frutas, pescado, arroz, etc. Cuando ya no había nadie que se acercase, salían de aquellas sombras otros sonidos más tristes, pero menos lastimeros, acción de gracias tal vez; recogía su cesta y se alejaba para repetir lo mismo en otro sitio.
María Clara presintió allí una desgracia y preguntó, llena de interés, por aquel extraño sér.