Después de tomar el chocolate, nuestros jóvenes tuvieron que oir el piano, tocado por el organista del pueblo.

—Cuando le oigo en la iglesia,—decía Sinang señalándole,—me dan ganas de bailar; ahora que toca el piano se me ocurre rezar. Por esto me marcho con vosotras.

—¿Quiere usted venir con nosotros esta noche?—preguntaba capitán Basilio al oído de Ibarra al despedirse:—el P. Dámaso va á poner una pequeña banca.

Ibarra se sonrió y contestó con un movimiento de cabeza que tanto equivalía á un sí como á un no.

—¿Quién es ése? preguntó María Clara á Victoria señalando con una rápida mirada á un joven que las seguía.

—Ese... ése es un primo mío, contestó algo turbada.

—Y ¿el otro?

—Ese no es primo mío,—contestó vivamente Sinang;—es un hijo de mi tía.

Pasaron por delante de la casa parroquial, que por cierto no era de las menos animadas. Sinang no pudo contener una exclamación de asombro al ver que ardían las lámparas, de una forma antiquísima, que el P. Salví no dejaba nunca encender por no gastar petróleo. Oíanse gritos y sonoras carcajadas, veíase á los frailes andar lentamente moviendo á compás la cabeza y el grueso puro que adornaba sus labios. Los seglares que entre ellos estaban procuraban imitar cuanto hacían los buenos religiosos. Por el traje europeo que vestían debían ser empleados ó autoridades en la provincia.

María Clara distinguió los redondos contornos del P. Dámaso al lado de la correcta silueta del P. Sibyla. Inmóvil en su sitio estaba el misterioso y taciturno P. Salví.