La gente se apartaba respetuosa para abrirles camino. María Clara iba sorprendente de belleza: su palidez había desaparecido y si sus ojos seguían pensativos, su boca, por el contrario, sólo parecía conocer la sonrisa. Con esa amabilidad de la doncella feliz saludaba á los antiguos conocidos de su niñez, hoy admiradores de su dichosa juventud. En menos de quince días había vuelto á recobrar aquella franca confianza, aquella charla infantil que parecían haberse aletargado entre los estrechos muros del beaterio: diríase que la mariposa al dejar el capullo reconocía todas las flores; le bastó volar un momento y calentarse á los dorados rayos del sol para perder la rigidez de la crisálida. La nueva vida se reflejaba en todo el sér de la joven: todo lo encontraba bueno y bello; manifestaba su amor con esa gracia virginal que no viendo más que pensamientos puros, no conoce el por qué de los falsos rubores. Sin embargo, se cubría el rostro con el abanico cuando le daban una alegre broma, pero entonces sus ojos sonreían y un ligero estremecimiento recorría todo su sér.

Las casas principiaban á iluminarse, y en las calles, que recorría la música, encendíanse las arañas de caña y madera, imitación de las de la iglesia.

Desde la calle, al través de las abiertas ventanas, se veía á la gente bullir en las casas, en una atmósfera de luz y perfumes de las flores, á los acordes del piano, arpa ú orquesta. Cruzaban las calles chinos, españoles, filipinos, y éstos ya vistiendo el traje europeo, ya el del país. Andaban confundidos codeándose y empujándose criados cargando carne y gallinas, estudiantes vestidos de blanco, hombres y mujeres, exponiéndose á ser atropellados por coches y calesas, que á pesar del tabî[1] de los conductores, difícilmente se abrían paso.

Delante de la casa de Cpn. Basilio, algunos jóvenes saludaron á nuestros conocidos y los invitaron á que visitaran la casa. La alegre voz de Sinang que descendía las escaleras corriendo puso fin á toda escusa.

—Subid un momento para que yo pueda salir con vosotras,—decía.—Me aburre estar entre tantos desconocidos, que sólo hablan de gallos y barajas.

Subieron.

La sala estaba llena de gente. Algunos se adelantaron para saludar á Ibarra cuyo nombre era conocido de todos; contemplaban extasiados la hermosura de María Clara, y algunas viejas murmuraban mientras mascaban buyo: «¡Parece la Virgen!»

Allí tuvieron que tomar chocolate. Capitán Basilio se había hecho íntimo amigo y defensor de Ibarra desde el día de campo. Supo por el telegrama, regalado á su hija Sinang, que estaba enterado de que el pleito había sido sentenciado á su favor, por lo cual, no queriendo dejarse vencer en generosidad, trataba de anular lo del juego de ajedrez. Pero, no consintiendo Ibarra en ello, capitán Basilio propuso que el dinero con que debía pagar las costas, se emplease en pagar á un maestro en la futura escuela. A consecuencia de esto, el orador empleaba su oratoria para que los otros contrarios desistiesen de sus extrañas pretensiones y les decía:

—¡Creedme: en los pleitos el que gana se queda sin camisa!

Pero no llegaba á convencer á nadie, á pesar de citar á los romanos.