Don Filipo se quedó perplejo, siguiendo con la vista al anciano.

—¡Dimitir!—murmuraba dirigiéndose á la iglesia,—¡dimitir! ¡Sí! si este cargo fuese una dignidad y no una carga, sí, ¡dimitiría!

El patio de la iglesia estaba lleno de gente: hombres y mujeres, niños y viejos, vestidos con los mejores trajes, confundidos unos con otros, entraban y salían por las estrechas puertas. Olía á pólvora, á flores, á incienso, á perfume; bombas, cohetes y buscapiés hacían correr y gritar á las mujeres, reir á los niños. Una banda de música tocaba delante del convento, otras, conduciendo á la municipalidad, recorrían las calles, donde flotaban y ondeaban multitud de banderas. Luz y colores abigarrados distraían la vista, armonías y estruendos el oído. Las campanas no cesaban de repicar; cruzábanse coches y calesas cuyos caballos á veces se espantaban, encabritaban, se ponían de manos, lo cual, sin embargo de no figurar en el programa de la fiesta, constituía un espectáculo gratis y de los más interesantes.

El Hermano mayor de este día había enviado criados para buscar convidados en la calle, como el que dió el festín de que nos habla el Evangelio. Se invitaba, casi á la fuerza, á tomar chocolate, café, té, dulces, etc. No pocas veces la invitación tomaba las proporciones de una querella.

Iba á celebrarse la misa mayor, la misa que llaman de dalmática, como la de ayer de que hablaba el digno corresponsal, sólo que ahora el celebrante sería el padre Salví y entre las personas que iban á oirla estaría el alcalde de la provincia con otros muchos españoles y gente ilustrada para escuchar al padre Dámaso, que gozaba de gran fama en la provincia. El alférez mismo, escarmentado y todo de las predicaciones del padre Salví, acudía también para dar una prueba de su buena voluntad y desquitarse si era posible de los malos ratos que el cura le había dado. Tal fama tenía el padre Dámaso, que ya el corresponsal escribió de antemano al director del periódico lo siguiente:

«Como le había anunciado á usted en mis mal pergeñadas líneas de ayer, así ha sucedido. Hemos tenido la especial dicha de oir al M. R. P. fray Dámaso Verdolagas, antiguo cura de este pueblo, transferido hoy á otro mayor en premio de sus buenos servicios. El insigne orador sagrado ocupó la cátedra del Espíritu Santo pronunciando un elocuentísimo y profundísimo sermón, que edificó y dejó pasmados á todos los fieles que aguardaban ansiosos ver brotar de sus fecundos labios la saludable fuente de la eterna vida. Sublimidad y atrevimiento en los conceptos, novedad en las frases, elegancia en el estilo, naturalidad en los gestos, gracia en el hablar, gallardía en las ideas, he aquí las prendas del Bossuet español, que tiene justamente ganada su alta reputación, no sólo entre los ilustrados españoles, sino aun entre los rudos indios y los astutos hijos del Celeste Imperio.»

Sin embargo, el confiado corresponsal por poco no se ve obligado á borrar cuanto había escrito. El padre Dámaso se quejaba de cierto ligero catarro que había cogido la noche anterior: después de cantar unas alegres peteneras se había tomado tres vasos de sorbete y asistido un momento al espectáculo. A consecuencia de esto quería renunciar á ser el intérprete de Dios para con los hombres, pero no encontrándose otro que se hubiese aprendido la vida y milagros de San Diego,—el cura los sabía, es verdad, mas tenía que oficiar,—los otros religiosos hallaron unánimemente que el timbre de voz del padre Dámaso era inmejorable y que sería una gran lástima dejar de pronunciar sermón tan elocuente como el ya escrito y aprendido. Por esto, la antigua ama de llaves le preparó limonadas, le untó pecho y cuello con ungüentos y aceites, le envolvió en paños calientes, le sobó, etc., etc. El padre Dámaso tomó huevos crudos batidos en vino, y en toda la mañana ni habló ni se desayunó; apenas bebió un vaso de leche, una taza de chocolate y una docenita de bizcochos, renunciando heroicamente á su pollo frito y á su medio queso de la Laguna de todas las mañanas, porque, según el ama, pollo y queso tenían sal y grasa y podrían provocar la tos.

—¡Todo para ganar el cielo y convertirnos!—decían conmovidas las hermanas de la V. O. T., al enterarse de estos sacrificios.

—¡La Virgen de la Paz le castiga!—murmuraban las hermanas del Santísimo Rosario, que no le podían perdonar el haberse inclinado al lado de sus enemigas.

A las ocho y media salió la procesión á la sombra del entoldado de lona. Era por el estilo de la de ayer, si bien había una novedad: la Hermandad de la V. O. T. Viejos, viejas y algunas jóvenes camino de viejas exhibían largos hábitos de guingón; los pobres los gastaban de tela basta, los ricos de seda ó sea del guingón franciscano, que llaman por usarlo más los reverendos frailes franciscanos. Todos aquellos sagrados hábitos eran legítimos, venían del convento de Manila de donde el pueblo los adquiere por limosna, á cambio de dinero prix fixe, si se permite la frase de una tienda. Este precio fijo puede aumentarse, pero no disminuirse. Lo mismo que estos hábitos se venden también otros en el mismo convento y en el monasterio de Santa Clara, que poseen, además de la gracia especial de procurar muchas indulgencias á los muertos que en ellos se amortajan, la gracia más especial aún de ser más caros cuanto más viejos, raídos é inservibles son. Escribimos esto por si algún piadoso lector necesita de tales reliquias sagradas, ó algún tuno trapero de Europa quiere hacer fortuna llevándose á Filipinas un cargamento de hábitos zurcidos y mugrientos, pues llegan á costar dieciséis pesos ó más según el aspecto más ó menos haraposo.