San Diego de Alcalá iba en un carro adornado con planchas de plata repujada. El Santo, bastante delgado, tenía el busto de marfil de una expresión severa y majestuosa, á pesar del abundante cerquillo rizado como el de los negritos. Su vestido era de raso bordado de oro.
Nuestro venerable padre San Francisco seguía. Después la Virgen, como ayer, sólo que el sacerdote que venía debajo del palio, era esta vez el padre Salví y no el elegante padre Sibyla de modales tan distinguidos. Pero si bien al primero le faltaba hermoso continente, le sobraba unción: tenía las manos juntas en actitud mística, los ojos bajos, y andaba medio encorvado. Los que llevaban el palio eran los mismos cabezas de barangay, sudando de satisfacción al verse á la vez que semisacristanes, cobradores de tributos, redentores de la humanidad vagabunda y pobre, y por consiguiente Cristos que dan su sangre por los pecados de los otros. El coadjutor, de sobrepelliz, iba de un carro á otro llevando el incensario, con cuyo humo regalaba de tiempo en tiempo el olfato del cura, que entonces se ponía más serio aún y más grave.
Así andaba la procesión lenta, pausadamente al són de bombas, cantos y religiosas melodías, lanzadas al aire por las bandas de música, que seguían detrás de cada carro. Con tal afán, entretanto, distribuía el Hermano mayor cirios, que muchos de los acompañantes se retiraron á sus casas con luz para cuatro noches mientras juegan á las cartas. Devotamente se arrodillaban los curiosos al pasar el carro de la Madre de Dios y rezaban con fervor credos y salves.
Frente á una casa en cuyas ventanas, adornadas de vistosas colgaduras, se asomaban el alcalde, capitán Tiago, María Clara, Ibarra, varios españoles y señoritas, detúvose el carro; el padre Salví acertó levantar la vista, pero no hizo el más pequeño gesto que demostrase saludo ó que los reconociese: únicamente se irguió, se puso más derecho y la capa pluvial cayó sobre sus hombros con cierta gracia y más elegantemente.
En la calle, debajo de la ventana, había una joven de rostro simpático, vestida con mucho lujo, llevando en sus brazos un niño de corta edad. Nodriza ó niñera debía ser, pues el chico era blanco y rubio, y ella morena, y sus cabellos más negros que el azabache.
Al ver al cura, extendió el tierno infante sus manecitas, rióse con esa risa de la infancia que no provoca dolores ni es por ellos provocada, y gritó balbuceando en medio de un breve silencio: «¡Pa... pá! ¡Papá! ¡papá!»
La joven se estremeció, puso precipitadamente su mano sobre la boca y alejóse corriendo muy confusa. El niño echóse á llorar.
Los maliciosos se guiñaron unos á otros, y los españoles que vieron la corta escena se sonrieron. La natural palidez del padre Salví se trocó en un rojo amapola.
Y sin embargo, la gente no tenía razón: el cura no conocía siquiera á la mujer, que era una forastera.