—¡Qué excelencia ni qué Vice Real Patrono!—contestó el franciscano levantándose también.—En otro tiempo se le hubiera arrastrado escaleras abajo, como lo hicieron una vez las Corporaciones con el impío gobernador Bustamante. ¡Aquellos sí que eran tiempos de fe!
—Le advierto que yo no permito... ¡Su Excelencia representa á S. M. el rey!
—¡Qué rey ni qué Roque! para nosotros no hay más rey que el legítimo...
—¡Alto!—gritó el teniente amenazador y como si se dirigiera á sus soldados;—ó retira usted cuanto ha dicho ó mañana mismo doy parte á Su Excelencia...
—¡Ande usted ahora mismo, ande usted!—contestó con sarcasmo fray Dámaso, acercándosele con los puños cerrados.—¿Cree usted que porque yo llevo hábito, me faltan?... ¡Ande usted que todavía le presto mi coche!
La cuestión tomaba un giro cómico, pero afortunadamente intervino el dominico.
—¡Señores!—dijo en tono de autoridad y con esa voz nasal que sienta tan bien á los frailes,—no hay que confundir las cosas ni buscar ofensas donde no las hay. Debemos distinguir en las palabras de fray Dámaso las del hombre de las del sacerdote. Las de éste, como tal, per se, jamás pueden ofender, pues provienen de la verdad absoluta. En las del hombre hay que hacer una subdistinción: las que dice ab irato, las que dice ex ore pero no in corde y las que dice in corde. Estas últimas son las que únicamente pueden ofender y eso según, si ya in mente preexistían por un motivo, ó solamente vienen per accidens en el calor de la conversación, si hay...
—¡Pues yo por accidens y por mí sé los motivos, padre Sibyla!—interrumpió el militar que se embrollaba en tantas distinciones y temía que si éstas seguían no saliese él todavía culpable.—Yo sé los motivos y los va V. R. á distinguir. Durante la ausencia del padre Dámaso en San Diego, enterró el coadjutor el cadáver de una persona dignísima... sí, señor, dignísima; yo le he tratado varias veces y en su casa me he hospedado. Que jamás se haya confesado, ¿eso qué? yo tampoco me confieso; pero decir que se ha suicidado, es una mentira, una calumnia. Un hombre como él, que tiene un hijo en quien cifra su cariño y sus esperanzas, un hombre que tiene fe en Dios, que conoce sus deberes para con la sociedad, un hombre honrado y justo no se suicida. Esto lo digo yo, y callo aquí lo demás que pienso y agradézcamelo V. R.
Y volviéndole las espaldas al franciscano, continuó:
—Pues bien, este cura, á su vuelta al pueblo, después de maltratar al pobre coadjutor, ha hecho desenterrar el cadáver y sacarlo fuera del cementerio para enterrarlo no sé dónde. El pueblo de San Diego ha tenido la cobardía de no protestar; verdad es que muy pocos lo supieron: el muerto no tenía ningún pariente, y su único hijo está en Europa; pero S. E. lo ha sabido y, como es hombre de recto corazón, ha pedido el castigo... y el padre Dámaso fué trasladado á otro pueblo mejor. He ahí todo. Ahora haga V. R. sus distinciones.